Unha lenda milenaria

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Los celtas creían que infinidad de almas concurrían a ciertos santuarios marinos por la noche, acomodándose en barcas de piedra varadas en las playas. De esta creencia surge que durante siglos en la costa atlántica gallega siempre había amarrados barcos, cuyo cometido era trasladar las almas de los difuntos a la Isla de los Muertos y de ahí viene el dicho “Dios te lleve a buen puerto” ¿Un santuario junto al mar y una barca de piedra?. En una barca de piedra llegó a Muxía la Virxe da Barca..
Hacia el poniente, camino del Fin del Mundo, donde los senderos trazados junto a los agrestes acantilados encogen al ser humano, ante el inmenso panorama de la ría de Camariñas, silencioso testigo de incontables y trágicos naufragios, allí se emplaza el Santuario de Nosa Señora da Barca de Muxía. El origen del pueblo se rastrea en el santuario de piedras de cultos neolíticos – III milenio a.C.- relacionados con la fecundidad. Las Piedras d´Abalar, d´os Cadrís, del Timón y de los Enamorados presiden el Santuario de hierofanías (la piedra era manifestación de lo sagrado). Es el primero de Galicia por su antigüedad y por su importancia como centro de devoción mariana. La Iglesia decidió cristianizarlo en el s.XII con una pequeña ermita, convertida en el templo actual en el s.XVII.

La tradición popular cuenta que la Virgen se acercó a confortar al apóstol cuando éste mostraba desconsuelo ante la imposibilidad de cristianizar estas tierras. Los restos de la pétrea barca de la Virgen, abandonados delante del cristianizado santuario en Punta de Xaviña, Muxía, reconducirían el culto céltico de las piedras hacia la adoración mariana. Miles de romeros se reúnen cada año en frente del santuario de Nosa Señora para balancear la piedra, continuando una inmemorial tradición y perviviendo una práctica muy extendida por los países celtas, ya registrada en el antiquísimo: solo los inocentes podrán mover la piedra. El culto a las piedras está muy desarrollado en la zona. Según la leyenda la Virgen llegó en barca: la vela (a Pedra de Abalar), el timón (Pedra do Timón) y el barco (A Pedra dos Cadrís). Según la costumbre, bajo esta última, los romeros deben de pasar nueve veces bajo ella para curar sus dolencias reumáticas y de riñones. Debajo de esta piedra fue encontrada la imagen de la virgen, que fue transladada a la iglesia parroquial, desapareciendo de esta y volviendo a su lugar de origen, construyéndose allí el santuario. Pero es a la Pedra de Abalar de Muxía a la que se le atribuyen más propiedades, desde una finalidad adivinatoria hasta considerarla como instrumento para probar la culpabilidad o inocencia de las personas. Cuentan que la piedra ‘abala’ cuando quiere, hay veces que se colocan muchas personas encima y no ‘abala’, y otras ‘abala’ sola. También dicen que cuando ‘abala’ sola, predice alguna desgracia. En una ocasión, en la que quisieron robar en el Santuario de la Barca, la piedra comenzó a ‘abalar’ tan fuerte que con su ronco sonar despertó a todos los vecinos, asustando a los ladrones. La piedra o Furna dos Namorados también queda cerca de las anteriores. Es un lugar recogido, sin connotaciones de tipo religioso, donde las parejas de enamorados juran amor eterno. Todo ello fue el punto de arranque de una religiosidad y de un folklore marinero que jamás pudieron escindirse: una visión incrustada hasta la actualidad y reforzada, desde el principio del siglo XVIII, cuando se erige el actual Santuario de la Virgen de la Barca –tal vez la tercera construcción, que sustituyó a antiguas ermitas medievales-, con el favor de Felipe V y la generosa contribución de los Condes de Maceda y Frigiliana, en un contexto de impulso peregrino y aventurero, vinculado al Camino de Santiago y reforzado desde entonces.

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En el siglo XIX y en el marco del romanticismo y sus secuelas, los historiadores gallegos, desde Manuel Murguía y Benito Vicetto a Saralegui y Medina, creyeron encontrar en el pueblo las raíces célticas de una utopizada identidad gallega, escondidas en las piedras sagradas, donde la diosa Celt, madre de todos los célticos galaicos, reposaba. El lugar donde Rosalía de Castro sufrió durante meses una enfermedad también romántica, el tifus (1854), obligado reposo en la villa marinera, cuya prolongada estancia le inspiró su novela La hija del mar. Ella inicia el ciclo de los poetas e intensifica la mitología romántica del naufragio y del drama, alargando el brazo épico que bebía en Byron, Goethe, Hölderlin y los laquistas ingleses, alimentando la idea de la muerte en el mar: la costa será ya para siempre Costa da Morte, escenografía de una identidad con sabor a tragedia y versión lírica de fábulas que cantaron grandes poetas, de Hugo Rocha a José Ángel Valente o César Antonio Molina, de Gonzalo López Abente a Federico García Lorca. Y el mismo José Saramago se inspiró en aquella Piedra/Barca que navegó hasta Muxía para imaginar la fábula de su novela La balsa de piedra.

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